martes, 9 de diciembre de 2014

Aves en la literatura 4- Un día en el Paraíso: Carlos Framb

Llegué al poeta sonsoneño Carlos Framb (1964-...) a través de un libro del divulgador científico colombiano Antonio Vélez, en los epígrafes de su libro Del Big bang al Homo sapiens había trozos de poemas del nicaragüense Ernesto Cardenal y de este antioqueño, que con sus versos precisos y cargados de contenido me ha hecho reflexionar musicalmente, me ha invitado a conocerme más y ha hecho que mantenga siempre con uno de sus libros en mi mesa y uno de sus poemas en mi mente. Para un estudiante de biología como yo  es un placer leer en poemas las palabras que aparecen en nuestros libros de texto, y ver como se concatenan con compañeras que las embellecen y fortalecen, así Framb nos habla "del matizado coral y del tremolar del plancton" o "del cósmico espumar de la entropía irrevocable", logra que se entremezclen razón y placer de una forma algo inusual, negando una vez más la lejanía entre ciencia y arte. Sus poemas podrían ser calificados como naturalistas, son cantos al universo, al planeta, a la vida, te arrullan y te excitan, te hacen sonreír y te enseñan, te hacen recordar, te inducen a imaginar; por eso quizá Alberto Aguirre diría que el título de su libro: Un día en el Paraíso (1994), no es solo bello sino también justo.
Los dejo entonces con algunos poemas donde las aves aparecen ya sea directa o indirectamente:

Hermano del noble silencio

Bendita sea la simiente inmemorial que engendrara el
primer árbol: dónde gravitaría el ave sin su selva
rumorosa; dónde reposaría el caminante sin su
umbrátil llamarada; dónde –sin su levitación
acogedora– habría yo morado en las antiguas
intemperies y en los fríos, en los días pavorosos de mi
noche...
Todo en mi fisonomía conmemora un ayer entre sus
brazos: en sus flores aprendieron mis ojos de curioso
lémur a advertir los relieves y matices; en la grata
algarabía de sus aves maduraba la garganta de mi voz
y de mi verbo; la textura de sus frutos decantó la garra
en mano y caricia creadora; la osatura ascensional de
su ramaje unos músculos que hoy propenden al abrazo.
Es tantas cosas un árbol: sin la ofrenda y la premura
de su savia no correría mi sangre; sin su alquimia de
agua y luz en clorofila faltaría mi apremiante bocanada
y mi alimento de ser vivo; sin su dócil y envolvente
celulosa no sería la página en que hoy vengo a
celebrarlo, noble hermano en cuya fronda alguna vez
tuviera hogar y compañía de pájaros.


Pequeño laberinto armónico

De tal modo aviene el ruiseñor su cuerpo a la precisa
densidad del aire, que el más leve movimiento suyo es
perfecta acrobacia y tenue danza. Y de tal modo se
entiende con sus músicas mi ser, que su más ligero trino
es razón de dicha y ocasión de asombro para mí. ¡Cómo
puede el aire prestarse a tanta sutileza, a tal dulzura;
cómo puede existir una criatura toda de pluma y canto,
a tal punto celestial!
Nuestra mutua devoción por el canto coral prueba sin
duda una hermandad de siglos: si hay hambre para el
pájaro es mi hambre, y si agua, es mi garganta la que se
satisface. También en los sabores de la fruta yo me
embriago y del néctar de sus mieles me abastezco; para
el uno y para el otro es fascinante el vuelo, y para ambos
suele ser la vida generosa y buena.


Oceánica

Cómo habré de celebrar la incalculable y maternal
resplandecencia del océano: ese otro firmamento que
se ahonda en precipicio y donde es líquido el azul, ese
otro continente del cardumen armonioso, del
matizado coral y el tremolar del plancton, de abisales
radiolarios como flores cristalinas y versátiles delfines,
alcatraces y fragatas.
Que soy del mar lo revelo y llevo escrito en cada célula.
No puedo ocultar que de su vientre vengo y que fue
entre su amnios primordial donde alcanzaba el ser: allí
empezó la vida a desplegarse y con flagelos elevarse
hacia la luz; allí asumió por vez primera la pupila
transparencia y se hizo susceptible a la caricia del color;
allí perduran las burbujas antiguas de mi aliento, el
eco de mis arcaicos balbuceos, las atlántidas de mi
acuática memoria.
Algo aún –vaivén de mareas en mi sangre, vertimiento
de sales en mi piel, humedades de lágrima en la orilla
de mis ojos– atestigua mi ascendencia marina y
pisciforme.


Les dejo el link del libro por si les gustó: http://www.editorialpi.net/obras/paraiso.pdf