sábado, 1 de junio de 2013

Juan José Sebreli : ética y ciencia

Para continuar con la serie iniciada por el articulo de Michael Shermer sobre la relación entre ética y ciencia, les quiero compartir unas páginas del genial libro del argentino Juan José Sebreli El asedio de la modernidad. Crítica del relativismo cultural, del que ya les había compartido un fragmento en la entrada sobre los relativistas y los viejos .

En estas páginas, el estupendo ensayista nos muestra la importancia del conocimiento de la realidad para la elección de unos valores que nos permitirían el cumplimiento de nuestros objetivos, todo esto, usando como plataforma, su certera crítica a las falacias relativistas:

La falacia lógica del relativismo cultural consiste en deducir la validez moral de toda costumbre o tradición por el mero hecho de ser aprobada por determinada cultura, es decir, por el mero hecho de existir; se subordina, de este modo, la ética al poder constituido, o por lo menos al éxito. La falacia consiste en pasar de ser al deber ser, del hecho fáctico, al juicio normativo, falacia que ya había sido denunciada por David Hume - Tratado del entendimiento humano, 1778-, donde se sorprendía de encontrarse con que "en vez de los verbos copulativos entre proposiciones "ser" y "no ser" no hay ninguna proposición que esté enlazada por un "debería" o un "no debería". Este cambio es imperceptible. Sin embargo, tiene una gran importancia porque dado que ese "debería" o "no debería" expresa una nueva relación o afirmación, es necesario que se la observe y se la explique, y al mismo tiempo que se da una razón para algo que nos parece totalmente inconcebible, deberá explicársenos cómo puede ser esta nueva relación una deducción de otras que son totalmente diferentes".
G. E. Moore - Ética, 1912-, por su parte, habla de la "falacia naturalista" que consiste en deducir lógicamente una propiedad no natural, como lo ético, de propiedades naturales que no son éticas en sí mismas.
El realativismo cultural incurre en esta falacia de deducir el juicio normativo del juicio fáctico, el deber ser del ser, al justificar toda norma ética, cualquiera que fuera, por el mero hecho de ser aceptado por la mayoría de una comunidad. Si toda ética está justificada por formar parte de una identidad cultural, el error y la maldad no tienen lugar, y parecería que los hombres hicieran siempre lo que debieran hacer. No hay criterio válido para la oposición ni para la propuesta de una ética alternativa, no se contempla la existencia de algunos de sus miembros que sufren o son oprimidos por las normas vigentes, ni se toma en cuenta a aquellos que quieren distinguir entre lo que es y lo que desearían que fuese. El hombre no es un ser exclusivamente cognoscitivo que dice sólo "esto es así" o "esto es distinto de aquello"; es un ser valorativo que dice "esto es mejor que aquello", esto es justo y aquello es injusto, esto es bello y aquello es feo. El hombre no puede vivir sin expresar y aplicar juicios de valor. Además los valores no son algo dado, que manifiestan lo que somos, sino lo que no somos, lo que queremos ser, lo que buscamos ser, lo que pensamos que debemos ser. Por eso los valores humanos no pueden ser deducidos de las estructuras, pues la acción de los hombres no es una respuesta mecánica a una situación dada, sino que, por el contrario, es un intento de superar esa situación, de romper con las estructuras que lo condicionan.

En última instancia, el relativismo cultural es una actitud conservadora, defiende el statu quo; el concepto de identidad cultural no es compatible ni con la disidencia ni con la crítica. Tanto los estructuralistas como los funcionalistas justifican la organización de las sociedades primitivas sobre la base de una coherencia interna. Los hábitos aparentemente más absurdos tendrían dentro del código con el que se rigen una lógica inflexible, y los actos que parecen crímenes obedecerían  a una estricta ley moral: su función estaría en mantener la estabilidad y el equilibrio del sistema. En nombre de la funcionalidad se justifica, por ejemplo, el infanticidio en sociedades amenazadas por el hambre. Si juzgamos las costumbres, no de acuerdo con un código ético, sino exclusivamente funcional, muchos de los peores crímenes de los que se acusa a Occidente quedarían blanqueados en nombre de la funcionalidad. Nada más funcional, por ejemplo, que la esclavitud de los negros en las colonias americanas, ya que sin ellos hubiera sido imposible, dada la escasa población blanca, el cultivo extensivo. Nada más funcional que la superexplotación de la clase trabajadora, inclusive niños, en la etapa de acumulación primitiva del capitalismo.
El error fundamental del relativismo está en juzgar como criterio de valor la coherencia consigo mismo y prescindir de la coherencia con la realidad exterior; en considerar valioso lo que es vigente dentro de una cultura cuando el verdadero criterio de validez reside en la comparación entre los distintos valores que se dan en diferentes sociedades. De la comparación, de la confrontación - por cierto, rechazada por los relativistas- puede surgir la superioridad de unos códigos morales con respecto a otros, establecerse una jerarquía de valores válida para todos, admitir que ciertos valores son más deseables que otros, la libertad más que la esclavitud, el placer más que el dolor, el conocimiento más que la ignorancia, la belleza más que la fealdad, la verdad más que la mentira. La paz entre los pueblos, la opresión del hombre por el hombre, la igualdad entre los sexos, no pueden reducirse a particularidades de determinadas culturas, y por tanto, relativas; son juicios de valores universales y absolutos. El relativismo cultural, al negarse a comparar cualidades, cae en la antinomia de justificar valores antitéticos, afirmar como igualmente válidos los pares de opuestos. Por ejemplo: los relativistas pueden ser antirracistas en Occidente, denunciar la xenofobia, la discriminación de los inmigrantes y la de los negros en Europa y Estados Unidos. Pero en cambio, su adhesión a  la identidad cultural los lleva a aprobar el racismo antiblanco de los argelinos, el antijudaísmo de los palestinos y de muchos regímenes árabes, el racismo entre tribus africanas negras que termina en guerras sangrientas. Los relativistas pueden ser militantes de la liberación sexual y del feminismo en Occidente, pero al mismo tiempo, en nombre de la identidad cultural, son defensores de los regímenes mahometanos donde, como hemos mostrado, la represión sexual y la subordinación de la mujer están entre sus fundamentos. Paradojalmente, los movimientos juveniles y estudiantiles rebeldes de los años sesenta eran abanderados de la revolución sexual, y al mismo tiempo erigían como modelo de sociedad la Cuba de Castro, la China de Mao, y el Vietnam de Ho-Chi-Min, que se contaban entre los regímenes de esa época más represivos de la sexualidad. Se llega así a la actitud contradictoria de aceptar en las culturas ajenas preferidas, los prejuicios que se denigran en la propia.
El problema que se genera al intentar liberarse del relativismo escéptico está en saber si es posible una ética objetiva, universal e imparcial. Los valores morales no son conocimientos empíricos y demostrables, las normas éticas no son leyes científicas generales establecidas y verificables, implican un determinado significado de la existencia humana y, por lo tanto, pertenecen al campo del conocimiento filosófico y no del científico. Cuando actúa, el hombre no se rige por principios puramente lógicos, sino que elige entre determinados valores. No hay argumento lógico de por qué ha preferido esa actitud y no otra. No obstante, la aproximación entre la convicción moral y la cognoscitiva es deseable: en el caso de encontrarse en una encrucijada, el hombre estará en mejores condiciones de elegir si conoce las consecuencias previsibles que le traerá su decisión, si sabe a dónde, presumiblemente, lo llevará cada uno de los caminos que se bifurcan.
La ciencia se basa en juicios fácticos y no en juicios de valor, y la ética, como sostenían Hume y Moore, no puede deducirse directamente de los hechos, pero al mismo tiempo no es posible establecer una separación total entre unos y otros. El juicio fáctico en ciencias humanas- por ejemplo, el análisis de determinado sistema político- no puede dejar se ser para el investigador que está en contra o a favor de ese sistema, un juicio valorativo. A su vez, los juicios valorativos no pueden prescindir totalmente de los hechos; la lógica y las ciencias nos permiten conocer los medios más adecuados para lograr lo que nos proponemos, y también para saber si lo que nos proponemos es posible o no. Al eliminar las imposibilidades, la ciencia nos dice lo que no debemos hacer aunque no pueda señalarnos lo que debemos hacer; queda una amplia gama de posibilidades, un margen de incertidumbre. Sólo nuestra libertad y nuestra responsabilidad es la que deberá optar sin que ninguna lógica metodológica nos indique una decisión unívoca y certera. No obstante estos juicios de valor pueden estar apuntalados por conocimientos objetivos. La biología genética, la antropología evolucionista, la psicología y la sociología niegan la superioridad de una raza sobre la otra. La biología, la antropología y la historia rechazan la superioridad de un sexo sobre el otro. La paleontología, la antropología, y la historia muestran que la agresividad humana no es innata en el hombre. La psicología infantil de Piaget enseña que el juicio moral no deriva de la autoridad sino del respeto mutuo y de las relaciones de reciprocidad. De estos datos puede concluirse que toda sociedad, toda cultura, por muy antigua y prestigiosa que sea, que practique el racismo, el sexismo, la violencia y el autoritarismo tiene fundamentos objetivamente falsos, su identidad cultural se basa en juicios éticos inferiores. 
Ahora bien, la mayor parte de los datos reales que le son aportados a la ética provienen de las ciencias humanas, y aquí surge otro problema. En éstas, a diferencia de las ciencias naturales, el subjetivismo y la ideología juegan un papel decisivo, ya que el investigador es, al mismo tiempo, el investigado. No obstante, como todo conocimiento, tiene sus medios para autocorregirse: la sociología del conocimiento, y, como una rama de la misma, la teoría de la ideología, iniciada por Marx y continuada por Mannheim, intenta eliminar en lo posible las variables ideológicas, corregir los factores de perturbación. Si sabemos que nuestras ideas morales están condicionadas históricamente por la cultura, la época, el grupo humano o la clase social a la que pertenecemos, hay más posibilidades de independizarnos relativamente de ellas y lograr una mayor objetividad. El peor subjetivista es el que ignora que lo es.
La ética objetiva y universal ha sido una aspiración permanente de los hombres, de los antiguos que buscaban una sabiduría válida de la vida, de los iluministas cuando creían que la "virtud" era "demostrable". Si bien algunas normas morales desaparecen en las transformaciones sociales, otras se mantienen parcialmente o son corregidas, y algunas, en fin, constituyen un acercamiento a una moral universal que se va realizando a medida que se dan las condiciones. La moral kantiana que propone tratar al hombre como un fin y nunca como un medio es, por cierto, irrealizable en una sociedad de clases y de opresión, pero no significa una falsedad, sino el preanuncio de una moral posible y necesaria en el futuro. Tal vez sea un ideal lejano e inaccesible, pero es el que guía el proceso por el cual intentamos llegar a una vida mejor, la pauta por la que podemos superar nuestros juicios de valor equivocados. El progreso de la ética está dado por la realización siempre imperfecta e incompleta por la cual, no obstante, vamos aproximándonos a ese ideal que parece inalcanzable.

Así termina el primer capítulo del mentado libro, con unas páginas que no tienen pierde, y que nos proporcionan un material valiosísimo para reflexionar sobre la ética y su relación con la ciencia,  además de dejar en evidencia una vez más los desprevenidos balbuceos de los relativistas de moda.


domingo, 28 de abril de 2013

Otras opiniones colombianas sobre el cannabis y su ilegalidad

Cada vez son más las voces, tanto en Colombia como alrededor del mundo, que se continúan sumando al desmantelamiento de una política antidrogas absurda e irracional, y que abogan por la creación de una nueva forma de mirar el problema, que busque soluciones pragmáticas a los problemas reales que producen ciertas sustancias, sin perder de vista elementos vitales como la libertad y la autonomía, pero sin descuidar la salud pública y las relaciones sociales. En este proceso, aunque muchos parezcan no verlo, es urgente la diferenciación de los tipos de sustancia que permitan dilucidar de mejor manera el hecho ya evidente para muchos, de que la actual visión mayoritaria no constituye una medida basada en la racionalidad y en la correcta discriminación de las sustancias, sino en aspectos de otra índole como morales, religiosos, políticos y económicos.

Hace unos meses, al conocerse la noticia de la regularización del cannabis en Colorado y Washington, comenté y compartí algunas opiniones en Colombia al respecto , ahora quiero hacer lo mismo con un conjunto de artículos que fueron publicados por algunos de los mejores columnistas del país: Antonio Caballero, Klaus Ziegler, y Héctor Abad Faciolince.

Caballero, en su testimonio para Soho , toca varios puntos interesantes, en especial tres que quisiera resaltar: 

1. Rescata algunos de los efectos positivos del consumo de marihuana, cosa que no suele ser reconocida tan siquiera como posible, entre ellos su papel como "puerta de la percepción", como puente a experiencias diferentes y placenteras:

"Pero más que por el placer directo del sabor, el aroma y el color del humo, porque daba acceso a otros placeres. Como todas las drogas más o menos alucinógenas, la marihuana es una puerta. The Doors of Perception (Las puertas de la percepción), tituló Aldous Huxley un libro que fue famoso en aquellos años en el que contaba sus experiencias con drogas sicoactivas".

Entre estos placeres han sido reconocidos frecuentemente el aumento de la sensibilidad, que se traduce en una mejor sensación al escuchar música, al ver un cuadro o una película o una noche estrellada, al comer, y así disfrutar más lo que los gringos llaman "munchies", es decir, las ganas de comer mientras se está trabado, o lo que en Colombia llamamos de forma más graciosa como "la metrapo", por otra parte algunos más como Carl Sagan han reconocido su potencial como creadora o estimuladora de ideas, aunque sean estas, como señala Caballero, meras diversiones, al menos frecuentemente. A este respecto, parecen más potentes el uso de LSD o psilocibina, que ha sido reconocido como vitales para sus hallazgos por científicos de la talla de Francis Crick y Kary Mullis. Además, tanto Caballero como Sagan, señalan que el cannabis también actúa como un enriquecedor de la experiencia sexual:


"La marihuana abría puertas al mundo físico y al mental, a los apetitos y a las curiosidades: a la música, el sexo, a la meditación, al sonido y al sentido de las palabras; incluso puertas al hermético —para mí— reino de las matemáticas puras. Recuerdo —¿ven ustedes que sí tengo recuerdos? "


2.Con este último "—¿ven ustedes que sí tengo recuerdos? ", Caballero ironiza sobre la popular creencia según la cual la marihuana tiene un efecto fortísimo sobre la memoria a largo plazo, cuando su efecto sobre la memoria, por lo que se sabe, es sólo local, es decir mientras dura el efecto de la droga, ya que en ese tiempo genera una perdida relativa de la memoria linear y con algo de frecuencia memoria episódica, que en ocasiones es bastante conveniente y divertida, casi una epifanía. Por otra parte, el artículo del año anterior que señalaba una probable disminución de 8 puntos en el coeficiente intelectual (que a lo sumo significa una leve desventaja laboral) en correlación con  los consumidores frecuentes menores de 18 años, esto, debido a que los procesos de desarrollo cerebral no culminan hasta dicha edad no es contundente. Dicho estudio señalaba que era una correlación y no una causa directa, cosa que es frecuentemente confundida, y además ha sido cuestionado por el investigador noruego Ole Rogerberg que argumenta que dicha correlación se debe probablemente a un factor de confusión, es decir, a que no se tuvo en cuenta un factor que podría afectar los resultados, en este caso los factores socioeconómicos. Ambos artículos fueron publicados en la misma revista, Proceedings of the National Academy of Sciences, y el debate al respecto continúa vigente, por lo que nuevas investigaciones y aclaraciones deberán ser realizadas.

3. Caballero aprovecha también el artículo, como lo hace frecuentemente en su columna dominical, para criticar agudamente la desafortunada "guerra frontal contra las drogas", indicando a su vez la obvia contradicción entre la legalidad de ciertas drogas y sus efectos reales, así como algunos peligros colaterales que se desprenden de la ilegalidad: 

"De una sobredosis de adulteración del algo que fuera, porque las drogas no matan por sí mismas. Ni las llamadas blandas, como la marihuana, ni las llamadas duras, como la heroína. Son mucho más nocivas las drogas lícitas que las ilícitas: el alcohol, el tabaco, el válium, el prozac, la mismísima aspirina. Lo que mata en las drogas prohibidas es justamente el hecho de que están prohibidas; lo cual conduce, entre otros muchos males, a que sean adulteradas con toda suerte de sustancias, desde la cal de las paredes hasta la estricnina de las ratas, por los gángsters que manejan el negocio. Y si lo manejan gángsters es justamente porque es un negocio prohibido".

La clara columna de Klaus Ziegler, Drogas y prejuicios , enfatiza en los daños reales de las drogas que permitirían la creación de una política racional sobre estas sustancias, atacando así la absurda contradicción entre el estatus legal y los perjuicios reales de las mismas:

"Hace unos años, David Nutt, principal asesor científico del gobierno británico en el diseño de políticas racionales para el manejo de las drogas, fue despedido por su “incapacidad para dar recomendaciones imparciales”. La verdadera razón fue un estudio suyo publicado en “The Lancet”, el cual contiene algunas verdades incómodas, como que la marihuana y el LSD son drogas menos nocivas que el alcohol. A la publicación del estudio se sumaron otras declaraciones polémicas, en una de las cuales afirmaba que consumir éxtasis entrañaba menos riesgo que montar a caballo.

El estudio tuvo en cuenta tres parámetros esenciales: el daño físico directo, el potencial de adicción y los perjuicios causados a terceros. El reporte encontró que la heroína, el crack y las metilanfetaminas representan el mayor peligro para el consumidor, mientras que el alcohol, la heroína y la cocaína ocasionan el mayor daño a otras personas. Sumando los parámetros, el alcohol obtuvo el puntaje más alto (72 puntos), se¬guido de la heroína (55), la cocaína y el crack (54). En la parte inferior del espectro, y por debajo del tabaco, aparecen la marihuana (20), las ben¬zodiazepinas (15), la metadona (14), el éxtasis (9), el LSD (7) y las setas alucinógenas (5). Mientras que el alcohol es responsable del 90% de todas las muertes relacionadas con el consumo de drogas, la marihuana, en contraste, señala Nutt, nunca ha matado directamente a nadie".

Por último, Héctor Abad Faciolince, que la sacó del estadio con su columna de hoy, recurre a los argumentos usados por Ziegler para criticar el "moralismo ridículo" detrás del consumo de cannabis:



"Resulta que la mitad del problema de la marihuana es el escándalo, el moralismo ridículo de los republicanos gringos y los godos locales. El otro día Klaus Ziegler —gran columnista— comparaba los efectos dañinos de las distintas sustancias recreativas que usamos para alterar nuestra percepción. Resumiendo hallazgos científicos concluía que la marihuana era mucho menos adictiva, menos dañina para terceros y representaba menos daños al consumidor que el alcohol o el tabaco, esas drogas tan aceptadas que hasta las dan en misa y las sirven en los homenajes al procurador".

Abad señala también que incluso el consumo frecuente de esta droga no parece generar ningún impedimento para llevar a cabo una vida normal y exitosa, considerando que no se pueden convertir ciertos casos en regla, que es lo que suelen hacer quienes parecen incapaces de diferenciar entre correlación y causalidad:

"Han pasado 20 años y desde entonces Cami (o Pachi o Dani) no ha dejado de meter marihuana, lo cual no le ha impedido ser Ph.D. en matemáticas, resolver problemas y dar clases en las más prestigiosas universidades; o hacer microcirugías perfectas de los párpados; o ser el mejor jugador colombiano de polo; o manejar plata ajena en los bancos sin robarse ni un peso; o cocinar la mejor cerveza del país, que alguna cosa de esas es la que hace mi sobrino marihuanero".

Por último, Abad llama a los consumidores de esta droga a "salir del closet", a demostrar no solo su elevada popularidad, sino su completa normalidad, y ayudar a acabar así con los prejuicios desprevenidos y la hipocresía de ciertos sectores de la población, nos invita además a la Marcha cannábica a realizarse la próxima semana en Medellín y Bogotá, y que anuncia ser, como en años pasados, multitudinaria, y muy, muy tranquila, ya se imaginarán por qué: 


"Todo esto viene a cuento porque esta semana se hará la Marcha Mundial por la Marihuana, que invita a todos los consumidores de cannabis a salir del clóset, a que declaren que ellos son tan normales como los consumidores de vino o de aspirinas. En Bogotá van a marchar por el derecho a consumir libremente cannabis el próximo 4 de mayo y saldrán a las 11 a.m. del Planetario. Aunque su afiche está desenfocado, pues representa a un muchacho medio salvaje, de gafas oscuras de paraco y uñas verdes, y lo que debería haber es un gerente de corbata, o un profesor de física, creo que quienes a veces fumamos marihuana y no por eso somos locos ni cretinos, debemos apoyar a estos muchachos".












jueves, 18 de abril de 2013

Michael Shermer : ética y ciencia

Ya había compartido en este espacio,la respuesta de Sam Harris sobre qué debería preocuparnos.


Ahora, aprovecharé la respuesta de Michael Shermer sobre la falacia es-debería de la ciencia y la moral , para iniciar con los comentarios sobre el tema , la relación entre la ética y la ciencia, de una serie de pensadores de diversos orígenes: Mario Bunge, Richard Dawkins, Jean Pierre Changeux y Juan José Sebreli.

De paso agradezco a David Osorio (@daosorios) , ya que usaré su traducción y además recomiendo su blog.



Desde que los filósofos David Hume y GE Moore identificaron el "problema Es-Debería" entre enunciados descriptivos (la forma en que algo "es") y las declaraciones preceptivas (la forma en que algo "debe ser"), la mayoría de los científicos han reconocido la superioridad de la determinación de los valores humanos, morales y éticos a los filósofos, conviniendo en que la ciencia sólo puede describir cómo son las cosas, pero nunca decirnos cómo deben ser. Esto es un error.



Deberíamos estar preocupados de que los científicos hayan abandonado la búsqueda para determinar lo correcto y lo incorrecto y qué valores conducen al florecimiento humano al igual que las herramientas de investigación para hacerlo se están poniendo en línea a través de campos tales como la ética evolutiva, la ética experimental, la neuroética, y campos afines. El problema Es-Debería (a veces traducido como la "falacia naturalista") es una falacia en sí. La moral y los valores deben basarse en cómo son las cosas con el fin de establecer las mejores condiciones para el florecimiento humano. Antes de abandonar el barco justo al salir del puerto, démosle a la ciencia la oportunidad de seguir un rumbo hacia un destino donde los científicos al menos tengan voz en la conversación sobre la mejor manera como deberíamos vivir.

Empezamos con el organismo individual como la unidad primaria de la biología y la sociedad, porque el organismo es el objetivo principal de la selección natural y la evolución social. Por lo tanto, la supervivencia y el florecimiento del organismo individual - personas, en este contexto - es la base del establecimiento de valores y la moral, por tanto, determinar las condiciones en que los seres humanos prosperan mejor debe ser el objetivo de una ciencia de la moral. Las constituciones de las sociedades humanas deben basarse en la constitución de la naturaleza humana, y la ciencia es la mejor herramienta que tenemos para la comprensión de nuestra naturaleza. Por ejemplo:

• Sabemos por la genética de la conducta que del 40 al 50 por ciento de la varianza entre las personas en cuanto a temperamento, personalidad, y muchas preferencias políticas, económicas y sociales se heredan.


• Sabemos por la teoría de la evolución que el principio de altruismo recíproco -yo te rasco la espalda si tú rascas la mía- es universal, la gente no da generosamente por naturaleza a menos que reciban algo a cambio.

• Sabemos por la psicología evolutiva que el principio del castigo moralista -te voy a castigar si no me rascas la espalda después de haber rascado la tuya- es universal, la gente no tolera mucho a los free riders que continuamente toman pero nunca dan.

• Sabemos por la teoría de juegos conductual de la amistad dentro del grupo y la enemistad entre grupos, en donde la regla de oro es heurística para confiar en los miembros del grupo hasta que se demuestre lo contrario para desconfiar, y a desconfiar de los miembros ajenos al grupo hasta que se demuestre lo contrario y sean confiables.

• Sabemos por la economía conductual sobre el deseo casi universal de las personas de hacer intercambios entre sí, y que el comercio establece la confianza entre desconocidos y reduce la enemistad entre grupos, así como produce una mayor prosperidad para ambos socios comerciales.

Estas son sólo unas pocas líneas de evidencia de diferentes campos de la ciencia que nos ayudan a establecer la mejor manera para que los humanos florezcan. Podemos fundamentar la moral y los valores humanos, no sólo en principios filosóficos, como la virtud ética de Aristóteles, el imperativo categórico de Kant, el utilitarismo de Mill, o la ética de la justicia de Rawls, sino también en la ciencia. Consideremos el siguiente ejemplo de cómo la ciencia puede determinar los valores humanos.

Pregunta: ¿Cuál es la mejor forma de gobierno para las grandes sociedades humanas modernas? Respuesta: una democracia liberal con una economía de mercado. Evidencia: las democracias liberales con economías de mercado son más prósperas, más pacíficas, y más justas que cualquier otra forma de gobierno intentado. Datos: En su libro Triangulating Peace, los politólogos Bruce Russett y John Oneal usaron un modelo de regresión logística múltiple con los datos de las correlaciones del War Project que registró 2.300 conflictos interestatales militarizados entre 1816 y el 2001. Le asignaron a cada país una puntuación de democracia entre 1 y 10 (basado en el Polity Project que mide qué tan competitivo es su proceso político, qué tan abiertamente son elegidos los líderes, cuántas limitaciones al poder de un líder están en su lugar, etc), Russett y Oneal encontraron que cuando dos países son plenamente democráticos las disputas entre ellos disminuyen en un 50 por ciento, pero cuando el miembro menos democrático de un par vecino era una autocracia completa, se duplicaba la posibilidad de una pelea entre ellos.

Cuando se agrega una economía de mercado a la ecuación disminuye la violencia y la paz aumenta significativamente. Russett y Oneal hallaron que por cada par de países en situación de riesgo ellos incluían el volumen de comercio (como proporción del PIB) y encontraron que los países que dependían más del comercio en un determinado año eran menos propensos a tener una disputa militarizada en el año posterior, control de la democracia, relación de poder, estatus de gran potencia, y crecimiento económico. Así descubrieron que la paz democrática ocurre sólo cuando ambos miembros de un par son democráticos, pero que el comercio funciona cuando cualquiera de los miembros del par tiene una economía de mercado.

Por último, el tercer vértice del triángulo de la paz de Russett y Oneal es la pertenencia a la comunidad internacional, un indicador de transparencia. Los científicos sociales contaron el número de organizaciones intergubernamentales a la que pertenecía cada par de naciones conjuntamente y realizaron un análisis de regresión con los puntajes de la democracia y el comercio, descubriendo que la democracia favorece la paz, el comercio favorece la paz y la pertenencia a organizaciones intergubernamentales favorece la paz, y que un par de países que se encuentran en el decil superior de la escala en las tres variables son 83% menos propensos que un par de países a tener una disputa militarizada en un año determinado.

El punto de este ejercicio, que ha sido desarrollado por el psicólogo de Harvard Steven Pinker, es que además de los argumentos filosóficos, podemos hacer un caso científico para la democracia liberal y la economía de mercado como un medio de aumentar la supervivencia y el floreciento humanos. Podemos medir cuantitativamente los efectos, y de eso derivar valores de base científica que demuestren concluyentemente que esta forma de gobierno es realmente mejor que, por ejemplo, las autocracias o teocracias. Los académicos pueden disputar los datos o debatir las pruebas, pero mi punto es que, además de los filósofos, los científicos deberían tener una voz en la determinación de los valores humanos y morales.

Cabe señalar que no necesariamente estoy de acuerdo con todas las afirmaciones de Shermer, pero sí con su punto central, es decir, que para lograr que nuestras acciones individuales sean efectivas contra los males que queremos exterminar, estas deben estar basadas en el conocimiento de la realidad, lo demás, son patrañas, por antiguas y tradicionales que sean.

sábado, 9 de marzo de 2013

El poder de los incentivos negativos


Imaginemos que un hombre joven, blanco ha sido falsamente declarado culpable de un delito grave y condenado a cinco años en una prisión de máxima seguridad. No tiene antecedentes de violencia y está, comprensiblemente, aterrado ante la perspectiva de vivir entre asesinos y violadores. Al oír las puertas de la prisión cerrarse tras de él, toda una vida de diversos intereses y aspiraciones colapsa en un solo punto: debe evitar hacer enemigos para poder cumplir su condena en paz.

Por desgracia, las cárceles son lugares de incentivos perversos - en las que hay que seguir las propias normas para evitar convertirse en una víctima llevada ineludiblemente hacia la violencia. En la mayoría de las cárceles de Estados Unidos, por ejemplo, los blancos, los negros y los hispanos, están en un estado de guerra perpetua. Este joven no es racista, y prefiere interactuar pacíficamente con todos los que conoce, pero si no se une a una pandilla es probable que sea objeto de violación y otros abusos contra los prisioneros de todas las razas. No elegir un bando es convertirse en la víctima más atractiva de todas. Siendo blanco, probablemente no tendrá otra opción racional sino la de unirse a una pandilla supremacista blanca para su protección.

Así que se une a una pandilla. Con el fin de seguir siendo un miembro de pleno derecho, sin embargo, tiene que estar dispuesto a defender a otros miembros de la pandilla, sin importar qué tan sociópata sea su comportamiento. También descubre que debe estar dispuesto a usar la violencia ante la más mínima provocación -devolver un insulto verbal con una puñalada, por ejemplo- o arriesgarse a adquirir una reputación como alguien que puede ser asaltado a voluntad. El no responder a la primera señal de falta de respeto con una fuerza abrumadora, es correr un riesgo de abusos intolerable. Por lo tanto, el joven comienza a comportarse precisamente de esas formas que hacen que cada prisión de máxima seguridad sea un infierno en la tierra. También añade más tiempo a su condena por la comisión de delitos graves tras las rejas.

Una prisión es quizás el lugar más fácil de ver el poder de los incentivos negativos. Sin embargo, en muchos otros lugares en nuestra sociedad, nos encontramos con hombres y mujeres por lo demás normales atrapados en la misma trampa y ocupados haciendo la vida mucho menos buena de lo que podría ser para todo el mundo. Los funcionarios electos ignoran los problemas a largo plazo, ya que deben complacer los intereses a corto plazo de los votantes. Las personas que trabajan para las aseguradoras se basan en tecnicismos para negarle la atención que necesitan a los pacientes desesperadamente enfermos. Los directores ejecutivos y banqueros de inversión corren riesgos extraordinarios -tanto para las empresas como para la economía en su conjunto- porque cosechan las recompensas del éxito sin sufrir las penalidades del fracaso. Los abogados siguen enjuiciando personas que saben que son inocentes (y defienden a los que saben que son culpables) porque sus carreras dependen de ganar casos. Nuestro gobierno libra una guerra contra las drogas que crea el problema de las ganancias del mercado negro y la violencia que se pretende resolver...

Necesitamos sistemas que sean más sabios que nosotros. Necesitamos instituciones y normas culturales que nos hagan mejores de lo que solemos ser. Me parece que el mayor reto al que nos enfrentamos ahora es el de construirlas.







El sitio Edge le hace anualmente una pregunta a los intelectuales del momento.

La pregunta de este año fue ¿Qué debería preocuparnos? Iré compartiendo a lo largo del año algunas de las respuestas que más me gusten. Para empezar,la  respuesta de Sam Harris,  el poder de los incentivos negativos